Así, Something Dangerous, el quinto álbum de esta fantástica cantante de origen belga, sigue la estela de los anteriores. Y, por descontado no faltan los elementos que caracterizan el exotismo bien entendido de su propuesta. Trances sonoros en los que la bellísima voz orientalizante de Atlas se funde con la tecnología para lograr un pop libre de prejuicios, que tiende puentes musicales entre mundos hoy opuestos, a causa de los diversos fundamentalismos. Aquí cabe incluso el two step anglosajón cantado en árabe. Pop, como decíamos, cuyo origen sentimental está entre Egipto y Palestina. Su imagen quiere emparentarse, además, con la de Sherezade -sus bailes de vientre en directo causan estragos- pero no en el sentido mujer fatal, que para eso ya está Björk. Natacha Atlas es otro tipo de diva, harto más arriesgada y valiente, en cuanto a mensaje y actitud vital. Something Dangerous es un álbum más calmado que los anteriores. Hay un poso de introspección bellísimo, despojado de beats techno o drumn bass, que logra sublimar al oyente. La versión del Mans World de James Brown es sencillamente preciosa. Something Dangerous es posiblemente su álbum más orgánico, aunque es la fusión instrumental y vocal lo que la mueve su música, innovadora como pocas. Cuenta, entre otros colaboradores, con el inquietísimo Jah Wooble (PIL, Holger Czukay, Primal Scream) al bajo y con la últimamente renacida Sinead OConnor. El resultado final es muy refrescante e incita a zambullirse definitivamente en el universo de Atlas, a través de su discografía y de su periplo de colaboraciones en sellos como Nation, 30 Hertz y otros lugares en los que se crea música de aires trascendentes. Natacha Atlas es, sin duda, una artista de referencia. |
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